Cómo tratar la dermatitis atópica en los bebés 1

El eccema atópico o la dermatitis atópica, tal y cómo se le conoce popularmente, es una enfermedad de carácter crónico y no contagioso que cada día preocupa a un mayor de número de padres, y es que aparece principalmente casi en el 48 % de los casos antes de los seis meses de edad, aunque se estima que en el 70 % de los casos sus síntomas desaparecen en la adolescencia y tan solo un 10 % de los casos sobrepasan los siete años.

¿Que es la dermatitis atópica?

La dermatitis atópica es una enfermedad que aparece en la piel y que se caracteriza principalmente por la sequedad que se genera en la misma, provocando la descamación y otros síntomas como la irritación, que se presenta como consecuencia una piel excesivamente seca y con poca grasa y agua.

Tal y como hemos citado anteriormente, la dermatitis atópica es un enfermedad crónica y no contagiosa que produce intensos picores y en muchas casos una descamación muy potente, teniendo periodos de brotes más fuertes que se alternan con otras fases temporales de mejoría.

Aunque de causa desconocida, actualmente se considera que determinados factores fisiopatológicos desempeñan un papel clave: diferentes alteraciones de las funciones barrera de la piel, la pérdida de agua a través del estrato
epidérmico, alteraciones en la respuesta inmunitaria, factores genéticos y diferentes estímulos ambientales.

La dermatitis atópica se asocia a mayor riesgo de padecer alergia, asma y problemas mentales.

Principales causas de la dermatitis atópica en bebés

La dermatitis atópica en los bebés es un trastorno cutáneo bastante habitual y que aunque puede llegar a confundirse con reacciones alérgicas, no se trata de una enfermedad alérgica.

El componente hereditario es fundamental en la aparición de la dermatitis atópica, y es que el riesgo de que un bebé la desarrolle es de casi el 30 % en el que caso de que uno de los padres la haya sufrido y de aproximadamente el del 65 % en el supuesto de que los dos progenitores la hayan padecido.

Pero en realidad este componente genético no es el único responsable del desarrollo de la enfermedad, sino que además existen otros factores que influyen de manera determinante.

La sobre exposición de los bebés a ciertas sustancias irritantes (como puedan ser productos relacionados con el cuidado de la piel que contienen alcohol), o una excesiva higiene, pueden estar detrás de la aparición de la dermatitis. Algunos perfumes, jabones, astringentes, comidas ácidas, humos o químicos industriales también se encuentran entre los múltiples factores que pueden provocar el eccema atópico.

Los alérgenos son otras sustancias que, aunque por sí solos no producen la irritación, pueden llegar a provocar erupciones bastante molestas para los bebés. Algunos de los alérgenos más comunes se contienen en alimentos tan cotidianos como los huevos, el pescado o el trigo, incluso la propia leche también puede contener alérgenos.

Los cambios de temperatura, una sudoración excesiva o incluso la polución de las ciudades a la que también los adultos estamos expuestos, también pueden afectar a la salud de la piel de los bebés.

Síntomas de la dermatitis atópica

La dermatitis suele provocar en sus inicios un enrojecimiento que se aprecia principalmente en la mejillas y que va progresando generalmente hacia el cuello, orejas, mentón y el cabello, mientras que en el cuerpo se observa sobre todo en el tórax (en su parte anterior), así como en las extremidades.

Junto con el enrojecimiento de la piel, la dermatitis provoca un estado excesivamente seco de la misma, que necesita por tanto un tratamiento de hidratación de manera urgente. Este estado de la piel también provoca que se encuentre escamosa.

También suele ser habitual la aparición de grietas en la parte de detrás de las orejas, así como erupciones en las rodillas y en los pies, en las manos y en la
parte interior de los codos.

En el supuesto de que se trate de lesiones que perduren durante bastante tiempo, las zonas pueden cobrar un aspecto blanquecino como consecuencia de una pérdida del pigmento de carácter transitorio. En los casos más graves, la piel puede llegar a infectarse.

En las peores fases de la enfermedad y sobre todo en edades más avanzadas, es frecuente que exista un incremento de la sensación de picor, lo que provoca la necesidad de rascarse, derivando en un empeoramiento del estado de la piel.

También es importante señalar que, las manifestaciones clínicas varían dependiendo de la edad del paciente.

Prevención y tratamiento

Como para cualquier enfermedad el mejor tratamiento posible es la prevención, y es que si tomamos una serie de medidas existen muchas posibilidades de que la dermatitis no llegue a preocuparnos.

El mejor consejo que podemos ofrecer es la hidratación, y es que cuanto más hidratada esté la piel menos intenso será el picor. Para lo que nos podemos servir de diferentes tipos de cremas y aceites empolientes, especialmente los elaborados para pieles atópicas.

Evitar los baños excesivamente largos o realizar los con agua templada también puede ayudar con la prevención, al igual que tener un especial cuidado en la selección de perfumes y jabones, que no deben ser demasiado intensos.

Hidratar correctamente la piel después de los baños sin frotar excesivamente con la toalla, usar prendas 100 % algodón, evitar sobre abrigar al bebé o realizar baños en la playa en estaciones estivales pueden resultar medidas bastantes útiles.

En cuanto al tratamiento, este debe dirigirse tanto a curar la piel como a prevenir posibles nuevos brotes. En realidad no existe un fármaco específico al que acudir para eliminar completamente los brotes, sino que los tratamientos van dirigidos a paliar los síntomas y deben ser usados con el objetivo de mantener bajo control la enfermedad, utilizándolos solos o bien de manera combinada.

Junto con el tratamiento, también es altamente recomendable tratar, por parte de los padres, de analizar aquellos factores y/o circunstancias que de alguna manera empeoran o mejoran la dermatitis, tomando nota de ello.

En fases leves de la enfermedad, los cuidados deben centrarse en mantener hidratada la piel y en prevenir en la medida de lo posible, la irritación.

En fases moderadas, además de las medidas previstas para fases leves, es recomendable añadir un anti inflamatorio que puede ser perfectamente un corticoide, administrado por vía tópica mediante una pomada o crema, así como un antihistamínico administrado por vía oral y un antibiótico si precisa.

Una vez finalizada la fase más aguda de la enfermedad, es necesario centrarse de nuevo en la hidratación, aplicando una loción y un gel adecuado.

El uso de inmunosupresores como por ejemplo la ciclosporina administrados por vía oral o el tratamiento mediante luz ultravioleta pueden ser dos alternativas para el caso en los que no sea recomendable la administración de corticoides.

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